21 septiembre 2017

Habitación 604. Capítulo 1.



 

Capítulo 1

 Nada es lo que parece



Lunes, 19 de diciembre de 2016. La alarma del reloj digital que hay en la mesita de noche acaba de sonar: las 7 de la mañana. Fran se despereza, se vuelve hacia mí y me pasa el brazo por encima antes de levantarse. Es su ritual, y siempre lleva implícito el destaparme. Apuesto hasta que se despierta con una sonrisa. No lo puedo asegurar porque no le veo la cara: la oscuridad a la que somete la habitación antes de acostarse para evitar que el más mínimo rayo de luz se atreva a penetrar es enfermiza.

A Fran no le cuesta nada desprenderse de los brazos de Morfeo, toda una valentía para mucha gente, pero es que teniendo en cuenta que hoy no tiene clases por la mañana el tema se convierte ya en algo digno de investigación.

Hoy va ser un día completito, aun así me resisto a salir de debajo del mullido y calentito nórdico y me vuelvo a tapar hasta la barbilla. Los pies descalzos de Fran han abandonado la protección de la alfombra y ahora pisan el frío suelo de madera. Rápidas y largas pisadas se suceden como si en vez de suelo hubiera cristales y, enseguida, tengo la luz del baño incidiendo directamente sobre mis ojos. No sé muy bien por qué, pero aun sabiendo que eso va a suceder, como todas las mañanas, sigo despertándome del mismo lado, el derecho.

La silueta de Fran se recorta como una sombra china a la entrada del baño. La única prenda de vestir que lleva son los calzoncillos, del pijama ya se ha desprendido.  Son apenas unos segundos hasta que cierra la puerta y vuelve la oscuridad, pero suficientes para gritarme a mí misma que estoy enamorada hasta las trancas del mismo hombre desde hace 17 años.

Una nueva alarma resuena en la habitación contigua a la nuestra y me devuelve al mundo de las obligaciones. Julia se despereza dentro de la cama. Mi agudeza auditiva es aún más fina a esas horas de la mañana. No puedo retrasarlo más y abandono la cama, mi responsabilidad de madre, primero, e hija, más tarde, me obliga.

Como un autómata, me siento en la cama, meto los pies en las zapatillas y me dirijo hacia la habitación de enfrente con los brazos al frente, cual zombi, para no tropezar con alguna pared o puerta. Allí, Pablo, ajeno a las dos alarmas, continúa en siete sueños.

—¡Venga, dormilón! ¡Ya es la hora de levantarse!

Me acerco a la ventana y levanto la persiana en un instinto de ahorrar luz. Aún es de noche, falta algo más de una hora para que amanezca, lo que me deprime más si cabe. Intento remediarlo cantando y encendiendo la luz de la habitación.

—Es la hora, es la hora… es la hora de estudiar… —Canto, cambiando adrede la letra de la conocida canción televisiva mientras zarandeo al peque de la casa.

—¡Mamá! Cinco minutos más, solo cinco.

—Ya te he dejado cinco minutos más –pienso en el tiempo que he estado yo zanganeando en la cama—. ¡Venga, perezoso, que son ya las y cuarto!

Pablo, con los ojos entrecerrados se incorpora y permanece sentado unos segundos. Mira su reloj de pulsera.

—¡Mentira, mamá! Son solo las 7:10 –afirma con fastidio. Se deja caer sobre un costado como si hubiera un hilo invisible que tirara de él.

No hay mañana que no lo tenga que vestir tumbado. A pesar de sus once años no he conseguido un solo día que se levante por sí solo y se vista. Ahí estoy yo quitándole el pijama como puedo mientras le vuelvo a repetir que ya tiene edad de levantarse y vestirse solito.

—Hoy tengo prisa, cariño. Voy con el abuelo al médico. Te dejo en la parada del autobús y me voy a recogerlo —le informo mientras le pongo con ansiedad los calcetines correctamente en su sitio—. Así que… ¡no te lo voy a repetir más! ¡Levántate ya!—. Tiro de él bruscamente y lo dejo sentado con la ropa, que se tiene que poner ese día, sobre las piernas.

El comportamiento de mi hija Julia, sin embargo, es totalmente contrario al de su hermano en ese aspecto. Su sentido de la responsabilidad en cuanto a las cuestiones académicas, comenzando desde la hora de levantarse por las mañanas, es intachable. Pero en otros aspectos… deja mucho que desear. Sus quince años hace que esté en esa etapa de la vida difícil tanto para ella como para los que la rodean. Digamos que es una montaña rusa, lo mismo está arriba que abajo, y lo que sea que marque el punto exacto en el que se encuentre no lo conoce ni ella, pero el mismo se deja sentir desde las primeras horas de la mañana, agravándose a lo largo del día.

Atravieso el pasillo y me acerco a su dormitorio para ver si está en marcha, como todos los días.

—¡Buenos días! –le dijo desde la puerta.

Me apresuro hasta mi habitación a vestirme, tanto que ni siquiera le he dado tiempo a Julia a que me conteste, por lo que no sé siquiera si lo ha hecho o no. No es nada inhabitual, algunas veces se levanta en lo más alto de la montaña rusa, tan alto que ni saluda, y si lo hace, lo hace con desgana. En esos días su enfado con el mundo entero es tal que es mejor no acercarse mucho y hablarle lo indispensable. Lo entiendo, aunque a veces me saque de quicio. Todos hemos pasado por esos complicados años, en los que no eres adulto ni niño, en los que las hormonas te juegan malas pasadas y crees que nadie está en tu “honda” ni te comprenden.

Es la tercera vez que voy al hospital clínico nuevo. Mi padre está últimamente regular. Al final del verano comenzó a cansarse cada vez más, algo que él achacaba al calor. Yo lo veía raro,  sin ganas de nada, y con un color cetrino bastante sospechoso en la cara. Además de una EPOC, herencia de haber sido fumador gran parte de su vida, al estado de salud de mi padre hay que sumarle una diabetes insulinodependiente, de esas que no hay manera de controlar, y una tensión arterial como el carácter de Julia, convertida en una montaña rusa, por lo que mi estado de alerta era máximo y mi preocupación llegaba al extremo. 

No sé si serán todos los padres iguales, pero el mío es terco como una mula, y desde que no está mi madre con nosotros —hace ya diez años que murió— se ha vuelto más reticente a visitar al médico. Su estado de salud pudo más que su terquedad y acudimos a su médico de cabecera. Una analítica fue suficiente para dar con el mal que lo aquejaba: una anemia de caballo. Solo una hora más o menos pasó desde que el médico vio la analítica hasta que le hicieron la trasfusión sanguínea. URGENTE había escrito en el volante que nos dio el médico.

Metieron a mi padre rápidamente para dentro y yo me quedé esperando a que terminaran y me dijeran algo. Puse en aviso a mis hermanos, y también a Fran, explicándole por medio de un wasap lo que pasaba y, por tanto, que no iba a llegar a hora para cuando llegara Pablo del colegio, ni tampoco sabía si llegaría a tiempo de recoger a Julia, y a otras tres niñas más, a las 14:45h, que es la hora de salida del instituto.  Mis nervios iban a más entre unas cosas y otras. Lo que ocurre es que de esos temas siempre me he encargado yo, y tuve que mover cielo y tierra para ajustar de nuevo la situación a la normalidad. Todos dan por hecho que yo estoy ahí siempre, pero las cosas se pueden torcer, nadie es infalible, y no teníamos previsto un plan B.

Finalmente lo pude solucionar. Pablo se esperó en casa de una vecina hasta que Fran llegó del trabajo y a Julia la recogió una de las madres con las que me turno para ir a por ellas al instituto. Asunto solucionado. Ahora faltaba lo de mi padre y eso, algo me decía que no iba a ser tan fácil.

Tras varias horas de espera, pude entrar a verlo. Había poca luz en aquella habitación, pero aun en penumbra pude distinguir la bolsa roja colgada por encima de la cabeza de mi padre, y de la que salía una vía directa a su brazo izquierdo. Lo único que recuerdo fue que me dijo que se encontraba bastante mejor y que quería irse de allí. La sangre estaba haciendo su efecto.

Al finalizar la visita, que duró apenas diez minutos, un sanitario alto, con la barba tan espesa y las gafas con la moldura tan gruesa que apenas se le distinguían las facciones, se acercó a mí y me invitó, señalando con la mano, a dirigirme a una mesa llena de papeles y una pantalla de ordenador en el medio. Supuse que sería el médico que llevaba el caso clínico de mi padre. No dije nada. No pensé en nada. Caminé hasta la mesa delante de él.

—Soy el Dr. Martín –comenzó diciendo.

—¿Cómo está mi padre?

—La anemia de su padre está siendo controlada con la transfusión, lo que tenemos que descubrir ahora es lo que ha causado esa anemia tan grave —hizo una pausa de unos segundos para quitarse las gafas de la cara y restregarse los ojos con el dedo índice y el pulgar de su mano derecha—. Creemos que es algo de tipo intestinal.

—¿De tipo intestinal? ¿Úlcera? Mi padre suele padecer de gastritis, le gustan mucho las comidas picantes y…

—No, úlcera no. La edad de su padre y… sus antecedentes…

Al principio no sabía a qué se estaba refiriendo.

—Sus antecedentes familiares –me aclaró—. Nos ha dicho que su padre murió de cáncer intestinal.

—Sí, es cierto.

—Pensamos que la anemia tiene causa tumoral.

En ese momento, se me heló la sangre. No supe qué decir, bajé la cabeza pero enseguida me di cuenta de que mi padre nos miraba y no quise alertarlo: disimulé, tal y como hice con mi madre cuando me dijeron que tenía metástasis. Disimulé y no reaccioné a lo que me había comentado el Dr. Martín. Me tragué el dolor, me tragué la indignación, me tragué la impotencia. Todo para dentro, no dejé escapar nada, ni una gota del espanto que llevaba dentro hasta que no estuve sola. Entonces, me liberé. 

Continuará...

17 septiembre 2017

Habitación 604. Prólogo.


Ayer pasé por delante de ella y me detuve enfrente.Digamos que fue… una casualidad llegar hasta allí. Mis pies siguieron caminando hasta el ascensor. Yo tenía que haber ido hacia abajo, de hecho pulsé el botón -1, el que me hubiese llevado al parking y después a la calle, y ya está, como otras muchas veces: la consulta de revisión y… fuera. Pero no fue así esta vez, mi cuerpo se dejó llevar por la inercia del ascensor. Alguien pulsó el número 6, se abrieron las puertas y allí estaba yo, en el luminoso pasillo de la sexta planta del hospital, ese por el que paseaba a ratos hace ya seis meses. 

Finales de agosto. Cuarenta grados de calor en la calle. Granada sigue siendo una de las ciudades de la península más calurosas. Sin embargo, allí no hace calor. Al menos eso percibo yo: no puedo evitar que se me erice un poco el vello de los brazos mientras camino despacio por el pasillo de la sexta planta y con la mirada fija en una de las puertas que lo flanquean. Nunca he estado tan cerca, nunca me he atrevido a subir, a volver a percibir ese olor que envuelve mis sentidos y me desplaza a empellones hacia dentro de la habitación que tengo enfrente. 

¿Por qué he llegado hasta aquí? ¿Por qué estoy haciendo esto? Estoy confundida, pero me siento bien, fuerte, mi corazón late con normalidad y sigo en pie, mirando las vetas claras en la madera oscura de la puerta, mirando el cromado del pomo. En un movimiento reflejo me toco la oreja derecha, lo hago muy a menudo desde hace seis meses. Aún no la siento, y creo que seguirá así hasta el final de mis días. Mis dedos se posan detrás del lóbulo y acarician una cicatriz, apenas perceptible que dibuja una S. Un nuevo acto reflejo y… una sonrisa se perfila en mi boca.

Nunca antes he sentido mis recuerdos tan vivos como hasta ahora, y es que nunca antes había vuelto a estar tan cerca de la habitación 604.


(Continuará...)

16 mayo 2017

Reseña de Me cambiaría por ti


Me cambiaría por ti, es un libro que sorprende. De esos que no te esperas lo que verdaderamente atesora. A pesar de conocer que es autobiográfico y que, como suele ocurrir en estos géneros, la realidad, la mayoría de las veces, dura, te hace presagiar que alguna lágrima va a rodar por tus mejillas, jamás me inaginé la dureza de la realidad vivida por Esther Santana, autora del libro. 
Como madre que soy pienso que la pérdida de un hijo es algo antinatural y, por lo tanto, debe ser complicado de soportar y, ya ni digo, de superar. 
Me cambiaría por ti, está escrito de manera epistolar, através de un diario que Esther iba escribiendo en aquellos momentos de incertidumbre y complicados durante la enfermedad de su hijo, desde que nace hasta el desenlace final.
No hay florituras ni añadidos, solo realidad, vivencias del día a día, tal cuales ella las sentía en ese momento. Una transcripción literal de un diario que te romperá en muchas ocasiones el corazón, otras veces sentirás rabia y a veces alería con cierta dosis de esperanza.
Me cambiaría por ti es un libro que puede ayudar a muchos padres que estén pasando por ese mismo trauma a soportar un poco mejor el duelo, a ver la vida de otra manera y a soportar el dolor de la pérdida de un hijo.
Su escritura es sencilla, clara y amena. Recomiendo leerlo porque creo que es imprescindible para valorar muchas cosas a las que no damos importancia. Yo lo he leído en papel, pero también lo puedes encontrar en formato digital en Amazon. Abajo pongo el enlace para su descarga. 
Enhorabuena, Esther, por este libro tan maravilloso. 


29 marzo 2017

Yo fui víctima de un troll


Mi historia comienza con una relación de apoyo como escritora. Esa persona apoyaba mi obra literaria compartiendo en Facebook y tuiteando contenido que sobre mis libros yo hacía en Redes Sociales. Un apoyo incondicional, sin pedir nada a cambio, hasta que un día nos intercambiamos los teléfonos y aquella relación online pasó, en cierto modo, a ofline. 

Prácticamente todos los días, escuchaba aquella voz de señora mayor contándome toda su vida e interesándose por la mía y por mis libros como si fuera lo mejor que había leído en su vida. En aquellas llamadas también criticaba y tiraba por los suelos a otros escritores a los que también apoyaba en redes. Enardecía mi faceta de escritora como si fuese lo mejor de todo lo que había leído.

No me gustaban aquellas conversaciones, pero siempre que me llamaba descolgaba el teléfono y dejaba que hablara, algunas veces más de una hora, sobre ella y sobre los demás. Al ser una mujer mayor, jubilada, y con mucho tiempo libre pensaba que se sentiría útil ayudándo a los escritores y de alguna manera, me sentía en la obligación de contestar. Era como una especie de tasa a pagar por su fiel apoyo en redes sociales. 

Hasta que mi paciencia dijo !Basta!, entonces dejé de contestar al teléfono y a los wassaps. Eso a ella nunca le gustó, y algunas veces, al ver que no cogía el teléfono, me llamaba insistentemente una y otra vez hasta que descolgaba y me hablaba en tono enfadado por no haberle contestado la primera vez. 

Dejé de frecuentar las RRSS y eso tampoco le gustaba, me decía que estaba despreocupándome de mis libros y que eso una escritora que se precie no lo podía hacer. Comenzó entonces a infravalorar mi escritura. 

Empecé a preocuparme y me di cuenta de que aquello era un acoso en toda regla. Y un buen día decidí no volver a cogerle el teléfono. Ese día sonó el teléfono fijo y el móvil más de 50 veces. Pero ya no lo descolgué. Los indultos por el wassap comenzaron a aparecer pronto, entre los que se colaron alguna que otra amenaza, advirtiéndome de que yo no era nadie para no contestarle al teléfono y que no podía pasar de ella. Pero lo hice, y su amenaza se hizo realidad metiéndote en mi cuenta de Amazon y haciéndose pasar por mí. 

Esta señora conocía mi contraseña, y por supuesto, mi email. Por aquel entonces usaba la misma para mí página de Facebook y para mi cuenta de Amazon, contraseña que ella conocía porque había sido administradora por un tiempo de la página. Hizo una escabechina en mi cuenta, empezando por quitar comentarios de cinco estrellas a libros que yo había leído, poner otros de una estrella cambiando mi nombre, hasta, lo más grave de todo, anular la venta de uno de mis libros. 

En fin, toda una venganza por haber dejado su "amistad", si es que se puede llamar a eso así. Una maravilla de amistad la de esta señora, que no voy a decir su nombre porque yo no soy tan mala como ella, a pesar de que ahora me consta que está haciendo lo mismo con otros/as escritores/as, primero té gana con sus halagos y después, te hunde.

Mi historia es un caso de acoso a cara descubierta, que finalmente no ha llegado a más, esta señora ya ha salido de mi vida, afortunadamente. Pero cuidado a quien confías tu amistad porque puede salirte caro. 


26 enero 2017

Todo cambia


Siempre es un placer y un honor colaborar en un blog, pero en este caso la satisfacción es mayor, si cabe, porque su dueño, Juan Antonio González Ruiz-Henestrosa, ha estrenado nuevo blog y me ha pedido que estrene yo una de sus secciones. El blog se llama Tarayuela, un blog de letras, de artículos, de relatos..., pero sobre todo, un blog de sentimientos.

Podéis leer mi colaboración, de título Todo cambia, entrando en el blog Tarayuela o pinchando en la imagen.

https://juanantoniogonzalez.wordpress.com/2017/01/25/todo-cambia-2/