14 noviembre 2017

Habitación 604. Capítulo 6: Sin descartar otras posibilidades.





Capítulo 6
Sin descartar otras posibilidades 

La tentación es muy fuerte. Sé que no debería mirar. No todo lo que aparece en Internet sobre temas médicos es fiable o bien es un problema de interpretación de síntomas, muchos de los cuales pueden aparecer en infinidad de enfermedades. Todo eso lo sé. Y también sé que por ese motivo los pacientes no debemos acudir a páginas webs y, mucho menos, a foros de internet para socavar información sobre el mal que nos aqueja.

Estoy sentada en el sofá. Los niños ya se han subido a sus dormitorios a dormir. Fran está sentado junto a mí, a la izquierda, pero en otro sofá. Tiene el mando de la televisión en la mano. Hace un minuto que acaba de terminar el telediario de antena 3 y ya está haciendo zapping.

—¿Qué quieres ver? —me pregunta mirando hacia la televisión—. Creo que hoy comenzaba una serie nueva, pero… no sé en qué canal…

—Me da igual. Pon lo que quieras —contesto apagando el móvil y dejándolo en la mesa.

Estoy mirando la televisión pero sin ningún interés por nada de lo que vayan a poner. Mi cabeza está en otro sitio.

A los pocos minutos vuelvo a coger el móvil.

—¡Mira! Va a empezar un programa sobre la biografía de Jobs —exclama Fran.

—¿De quién?

—De Steve Jobs, el fundador de Apple. Bueno, mejor dicho, el cofundador —aclara dejando el mando en la mesa, una vez satisfecho con lo que quiere ver.

Me mira y me pregunta:

—¿Dejamos eso?

Me encojo de hombros como respuesta. «Me da igual. Ponlo.», pienso mirando hacia el móvil que tengo en mis manos. En otra circunstancia ya habría dado mi punto de vista, en forma de queja, sobre el programa elegido, pero hoy mi atención está en otra cosa.

—No te preocupes, María —me dice Fran, percatándose de que estoy absorta en mis pensamientos y que no he puesto ninguna objeción a su elección televisiva—. Ya verás como no es nada preocupante.

Le agradezco sus palabras de aliento con una ligera sonrisa y, paso seguido, enciendo el móvil. La tentación puede más que la razón. Calmo mi conciencia diciéndome a mí misma que no voy a buscar un síntoma. Buscar el origen de un síntoma, como un dolor en la espalda, por ejemplo, puede dar lugar a miles de interpretaciones, desde una simple contractura hasta un cáncer. Yo no tengo síntomas que buscar, tengo un diagnóstico: tumor de parótida; y un nombre propio: adenoma pleomorfo. Esta tarde, tampoco me pude resistir a abrir el sobre cerrado que me dieron en la clínica radiológica junto con la imagen ecográfica. Me faltó tiempo para, en cuanto dejé a mi padre en su casa, abrir el sobre y leer lo que allí había escrito. «Es mi bulto, y como es mío tengo derecho a saber qué tengo ahí dentro», me dije mientras despegaba la solaba del sobre blanco con cuidado para no romperlo.

Tumor en parótida derecha de 0,8 × 0,9 milímetros de diámetro. Características de la lesión compatibles con adenoma pleomorfo, sin poder descartar otras posibilidades. Recomiendo punción., recuerdo algunas frases que le leído en los resultados de la ecografía. «Sin poder descartar otras posibilidades.», repito en mi mente. ¿Qué otras posibilidades son esas?

Escribo en Google: tumor de la parótida. Infinidad de páginas se despliegan a todo lo largo de la pantalla del móvil. No sé por qué, pero dejo a un lado las páginas web para pinchar en las imágenes. Me ha llamado la atención una en concreto. «Este hombre me suena de algo», pienso fijándome en la fotografía de un hombre joven que aparece en un campo de futbol. Pincho sobre ella y leo: “Muere Tito Villanova, entrenador del Barcelona F.C., debido al cáncer de parótida que padecía”. 

Un frío intenso me atraviesa de pronto todo el cuerpo. «¡Dios mío! ¡Cáncer de parótida!». Estoy asomada a un precipicio. Abajo solo veo miedo, ansiedad, pavor, horror… Mis manos tiemblan. Vuelvo a teclear, esta vez pongo adenoma pleomorfo. Pincho en la primera página que aparece. Mucha información. Leo con rapidez, dando saltos entre las palabras y las líneas. Estoy nerviosa. “…es el tumor benigno más frecuente de las glándulas salivares…”, “…80% de todos los casos de tumores salivares.”, “…tumor solitario, “…tumor mixto…”, “…y pueden crecer y transformarse en un carcinoma maligno…”, “…metástasis hacia órganos adyacentes…”.

El aire gélido me está azotando el rostro con dureza. Pierdo el equilibrio. Una terrible angustia se apodera de mí. No lo soporto más. El frio desciende bruscamente por mi cabeza, como si se me estuviera escapando la sangre que me da calor y fuese sustituida por hielo. Duele, duele mucho. No quiero caer en el pozo del sufrimiento anticipado.

Cierro el móvil y los ojos al mismo tiempo. Respiro hondo unas cuantas veces.
Intento calmarme.

Miro a Fran. Está ajeno a esta maldita pesadilla que me ahoga, y quiero despertar de una vez. «¡No! ¡No puede ser! ¡Esto no me puede estar pasando a mí!». Tengo ganas de GRITAR.

—Este tío era un genio —comenta Fran mirando la televisión—. No solo fue un gran emprendedor sino que…

Fran deja de hacer comentarios sobre Steve Jobs. Me está observando y está viendo algo que no le debe gustar. Lo miro compungida y exploto por fin.  Las lágrimas se desbordan por mis párpados como un río embravecido, acompañadas de los irregulares espasmos de mi pecho producido por el aire al salir bruscamente.

—¿Qué te pasa? —me pregunta asustado levantándose del sofá y acercándose a mí—. ¿Qué estabas mirando en el móvil?

Fran me quita el teléfono de las manos y lo enciende. Tengo los ojos empañados y no puedo ver bien su rostro, pero sé que está viendo y leyendo lo que yo he visto y leído. No puedo articular ni una palabra. Siento una desagradable opresión en el pecho que me ahoga hasta dejarme sin aire. Necesito calmarme. ¡Tengo que calmarme!

—¿Pero por qué haces esto? ¿Por qué te torturas así? ¿Por qué tienes que mirar en internet nada? Por Dios, María, que ya eres mayorcita. Internet no es un médico. Espérate a que vea el cirujano los resultados y te dé su opinión. No adelantes acontecimientos, por lo que más quieras.

Respiro profundamente. La reprimenda de Fran me está sentando bien, me está sacando del pozo de la angustia poco a poco.

—No te hagas ese daño innecesario, María —dice dejando el móvil en la mesa para abrazarme—. No mires nada más en internet, por favor.

—Dice que… que puede ser cáncer, que el entrenador del…

—Pero ¿por qué te pones siempre en lo peor? —me corta antes de que termine la frase—. ¿No es más sano pensar que lo tuyo no es nada, que es un bultito benigno y ya está?

Tiene razón. No debería pensar mal porque aún no sé nada de nada y, sin embargo, mi mente solo fabrica suposiciones y conjeturas. En lugar de ver el lado positivo, lo que hago es buscar la peor opción posible. Eso es lo que hago siempre: elegir la peor opción para mí. Yo, la que siempre tiene una palabra de optimismo para los demás, la que siempre le quita hierro a los problemas de salud de mi familia y tiene palabras de esperanza y alivio, la que intenta que los demás vean el vaso medio lleno, ahora aplico en mí lo contrario que predico y hago bueno el refrán “En casa del herrero cuchillo de palo”.

Hace ya un par de años, leí El Secreto, de Rhonda Byrne. Se trata de un libro de desarrollo personal, más bien corto, donde los párrafos testimoniales ocupan una buena parte del mismo y que podría resumirse en que si enfocamos nuestra mirada hacia la positividad, vamos a atraer cosas buenas (salud, riqueza, felicidad) a nuestra vida. Es la conocida como “ley de la atracción”: pensamiento positivo para atraer aspectos positivos.

No soy muy dada a leer este tipo de libros que bien podrían denominarse de autoayuda. No me suelen atraer, ni suelo comprarlos. Fue durante una velada con unos amigos que salió el tema de la importancia del pensamiento positivo para enfrentarse a ciertas enfermedades, como el cáncer. Marisa me habló del libro, ella lo había comprado hacia unos meses y lo había recién terminado de leer, e insistió tanto que me lo terminó prestando esa misma noche, anticipándome que me iba a gustar.

El Secreto tiene su parte buena y su parte no tan buena. El pensamiento positivo en sí, está muy bien, nos ayuda a fortalecer nuestro bienestar, pero no creo que con solo enfocar nuestros pensamientos, que según el libro son frecuencias emitidas al universo, seamos capaces de atraer lo bueno o lo malo según sean esos pensamientos positivos o negativos, respectivamente. Esta “ley de la atracción” puede ayudar  a sentirnos bien, pero si no realizamos las acciones pertinentes encaminadas a mejorar no creo que por sí sola pueda llegar a curar el cáncer, como según afirman algunos proponentes en el libro.

¿Cuántas veces habré recomendado El Secreto? ¿Cuántas veces lo habré podido regalar? Y ahora, ¿me lo estoy aplicando yo? La respuesta es clara: NO.

En mi foro interno me gustaría ser de otra manera, alguien más tranquila y despreocupada, que viera las cosas siempre de color de rosa. En el fondo, no quiero ponerme del lado más negativo, pero mi mente me obliga a tener esa posible opción muy en cuenta. No lo puedo evitar. Es como un mecanismo de defensa mal fabricado, pensado para que en un futuro no me lleve la gran sorpresa por si sucede finalmente la peor opción, pero que, sin embargo, produce un sufrimiento tremendo por el camino.

Mi erróneo comportamiento emocional se debe en buena parte a la herencia recibida de mi madre, cuya frase favorita era “Piensa mal y acertarás”. Un refrán demasiado pesimista, que condiciona al que lo piensa a vivir en continua desconfianza hacia todo y hacia todos. Una forma de pensar que lo único que provoca es un malestar innecesario y completamente evitable. ¿Por qué preocuparse antes de tiempo? Yo no quiero pensar así, y sin embargo, no puedo evitar hacerlo.

Respiro hondo. Intento hacer esfuerzos para no llorar más. «¡No pienses más en lo malo, María!», grito en mi interior. «¡Venga, ya está bien!». Tomo aire. Tengo que calmarme. «¡Cálmate ya! El 80% son tumores benignos. Adenoma pleomorfo, eso está escrito en los resultados de la eco. Ese tumor es benigno. Sí, es benigno. ¡Maldita sea! ¡Cálmate!».

Me cuesta conciliar el sueño. Hace ya rato que nos hemos acostado y sigo con los ojos abiertos y, lo que es peor, con la cabeza echándome humo de tanto darle vueltas al tema. «No tenía que haber buscado nada en internet», me regaño a mí misma. Me levanto con cuidado para no despertar a Fran que duerme como un lirón a mi lado. Está el suelo helado. Me pongo las zapatillas rápidamente y me dirijo al baño. «Necesito dormir como sea para no pensar. Lo mismo tengo…». Bajo las escaleras despacio para no tropezar: no he encendido la luz. Entro en la cocina y abro el mueble donde guardo los medicamentos. Rebusco entre ellos. «Hace tiempo que no tomo ninguna. La espalda me ha dado una tregua últimamente, pero… tiene que haber alguna», pienso mientras retiro varias cajas de antihistamíco para ver mejor detrás de las mismas. «¡Bingo!», exclamo observando la pequeña caja blanca. La abro. Solo me quedan dos pastillas.  Si pensarlo dos veces, me echo una de ellas a la boca rompiendo con el dedo el papel de aluminio de la parte posterior del envase de plástico.  Las lágrimas vuelven a aparecer en mis ojos al compás de los malos pensamientos. Mi cabeza no para de dar vueltas a una frase: “Sin descartar otras posibilidades”.

Continuará...

06 noviembre 2017

Habitación 604. Capítulo 5: Tenía que haber venido sola.





Capítulo 5
Tenía que haber venido sola

Salgo de la consulta, diez minutos después de haber entrado, con un volante en la mano para realizarme una ecografía. Ahora sí que me duele el jodido bulto. El cirujano, un joven alto y delgado, con barba canosa y manos muy  frías, me ha palpado por todos los frentes posibles la lesión, como él ha llamado a mi bultito. Así que, si al entrar no me dolía, ahora llevo dentro un perro mordiéndome el carrillo. 

Miro en el interior de mi bolso por si tuviera la suerte de llevar algún calmante. Siempre me gusta llevar algo, aunque no en todos los bolsos llevo de todo. Hoy me he traído el bolso beige, uno grande que me compré el año pasado en Rumanía. «¡Qué buen viaje!», pienso sonriendo. Como todos los que organiza Santiago Hernández, profesor de Historia económica y compañero de Fran de la facultad. No son viajes al uso, se trata más bien de viajes educativos, pensados en un principio para los alumnos, pero a falta de ellos comenzamos a apuntarnos profesores y sus familias y también personal administrativo de la universidad... No vamos del típico turista que se queda en la fachada, en lo que simplemente puede ver, sino que vamos más allá, vamos buscando la esencia, el detalle, el porqué de las costumbres y tradiciones, y todo ello con las agradables y amenas explicaciones de Santiago y sus chascarrillos.

La primera vez que nos inscribimos Fran y yo a esos viajes fue hace ya unos cinco o seis años —no recuerdo bien ahora—; en aquella primera ocasión estuvimos en Marruecos, país al que volvimos al año siguiente pero con una ruta nueva. Descubrí un Marruecos diferente al que me esperaba y todo gracias a Santiago Hernández que nos llevó adonde no van los turistas y nos hizo abrir los ojos de la mente para entender el porqué de muchas de las costumbres menos tolerables para nosotros pero muy arraigadas a ese país. Descubrí también que Granada y Marruecos tienen mucho en común, más de lo que me pensaba; la historia nos une y por ello me parece un país fascinante, lleno de grandes contrastes, un país que hay que visitar con la mente bien abierta para poder saborearlo hasta su esencia.  

El año pasado íbamos a ir a Turquía, pero se decidió viajar finalmente a Rumanía, debido a la oleada de atentados que hubo en Estambul. En un principio, la idea de viajar a Rumanía no nos parecía tan tentadora ni golosa como la de ir a Estambul, pero luego decidimos que sí, que por qué no, ¿cuándo íbamos a ir nosotros por nuestra cuenta a Rumanía? Era una oportunidad que no podíamos desaprovechar y, la verdad, fue todo un acierto. Al igual que me ocurrió con Marruecos, me pasó con Rumanía, y mis ideas preconcebidas sobre este país y sus gentes se fueron todas a la basura. Rumanía tiene mucho que descubrir y muchos tópicos que desterrar. Me fascinaron las historias que escuché sobre algunos personajes reales y ficticios que rodean a Transilvania, una región de Rumanía que ha sido fuente de inspiración de varios escritores, como Bram Stoker, autor del archiconocido Drácula, un personaje de ficción basado en Vlad Teples, más conocido como Vlad el Empalador. De Rumanía me traje varios recuerdos y regalos, como el bolso beige que llevo hoy, pero también los esbozos de lo que podría ser una posible novela basada en algunas de esas leyendas que escuché de boca del profesor Santiago Hernández.

Abro la cremallera de un bolsillo interior.: algún antiácido, cápsulas de carbón activado, un relajante muscular… ¡Bingo! ¡Ibuprofeno! No espero a llegar a casa para tomármelo y decido bajar a la cafetería a tomarme un café. Llamo al ascensor y bajo hasta la planta primera, donde está la recepción de pacientes y el punto de información. No sé dónde está la cafetería. Me dispongo a preguntarlo cuando veo que junto al ascensor por donde he salido hay un cartel informativo. La cafetería está en la planta cero, así que accedo a ella bajando las escaleras que hay junto a la salida a la calle. «Nunca he entrado al hospital por ahí», pienso mirando las puertas acristaladas de la entrada. Las pocas veces que hemos venido al hospital nuevo lo hemos hecho por el parking. 

La cafetería es muy reducida. Me siento en una mesa libre y pido un café. Saco el volante de la ecografía pensando en pedir cita por teléfono a la clínica radiológica San Cecilio, donde solemos ir a hacernos las pruebas diagnósticas, pero luego pienso que en el hospital también las hacen. «Lo mismo tengo suerte y me la hacen ahora mismo». Me tomo la pastilla junto a un sorbo de café y el resto lo apuro con prisa, casi quemándome la garganta. No me gusta el café con prisas, no lo puedo saborear e incluso me produce náuseas cuando me lo tomo rápidamente. Cuando me hago un café en casa me lo bebo tranquila, despacio, no me importa que se me enfríe. Un sorbo, lo dejo en la mesa, escribo, otro sorbo, lo dejo en la mesa…, así puedo estar un par de horas, tomándome el café ya frío, poco a poco. Pero ahora tengo prisa por terminar con esto de una vez. Quiero saber qué hay ahí dentro, quiero hacerme la ecografía cuanto antes. 

Pago el café y vuelvo a subir las escaleras hasta la planta uno. Según pone en el cartel informativo, en la planta segunda es donde hacen las pruebas diagnósticas: radiografía, ecografía, mamografía… Subo una planta más por las escaleras centrales, esas que parecen estar suspendidas en el aire. Me fijo en ellas, es curiosa su construcción, pero mi cabeza ahora no está para pensar en arquitectura. La planta dos es igual que la uno, excepto por una serie de filas de sillas a la izquierda que parece ser la sala de espera de alguna consulta. Me acerco más a la puerta y leo Análisis Clínicos. Esto no es. Sigo caminando hacia la derecha y puedo leer en una de las paredes del fondo escrito en grande Pruebas diagnósticas. Aligero el paso. Ahí debe ser.

Me acerco a un mostrador donde varias personas son atendidas. Espero mi turno al final de una cola de unas diez personas. Miro el reloj: las doce y diez. «Se me va a hacer muy tarde y… aún tengo que hacer la comida». Saco el móvil, busco el teléfono de la clínica radiológica San Cecilio y llamo. Me dicen que no hace falta que pida cita para la ecografía, que puedo ir esta tarde de cinco a nueve, o bien por las mañanas de nueve a una y media. Me salgo de la fila y me voy.



Las esperas no las llevo bien —bueno ¿y quién sí?—. La sala de espera de la clínica radiológica está a rebosar y eso que he llegado pronto: son las cinco y diez. Se supone que abren a las cinco por lo que o toda esta gente ha llegado mucho antes y ha esperado en la calle a que abrieran o no me lo explico.  Solo espero que todos no venga a lo mismo que yo porque de ser así no me va a dar lugar de llevar a los niños a la clase de inglés.

Estoy mal sentada, como la que tiene prisa, con medio culo fuera de la silla, con el abrigo puesto y el bolso colgado. No puedo llegar a relajarme desde hace un par de días, siempre estoy en tensión.  Me aflojo un poco la bufanda, me desanudo el cinturón del abrigo y dejo el bolso en un lateral de la silla. Miro a mi padre. Está sentado junto a mí, tranquilo, con una calma que me enciende aún más los nervios. Desde que sé del bulto siempre me viene diciendo lo mismo, que es un bulto de grasa y que a él le quitaron uno muy grande de la espalda para, seguidamente, enseñarme la cicatriz. Le he dicho que si se quería venir y no se lo ha pensado dos veces. 

Fran hoy no venía a comer, tenía clases por la mañana y tutoría por la tarde. Al mediodía le comenté por wasap lo de la ecografía, pero no le dije que me llegaría esta misma tarde porque, en realidad, ni yo sabía que iba a venir. Después de comer, pensé que si estoy a las cinco en punto en la clínica y soy de las primeras, me harían la ecografía enseguida y me daría tiempo de recoger a los niños y llevarlos a clase de inglés.  

¡Me llaman ya! 

—Espérese al final del pasillo —me dice un técnico señalando el fondo del mismo.

Un largo pasillo en ele me separa de la consulta. Lo recorro con rapidez y llego a una salita pequeña con varias sillas donde se abren tres puertas. Ninguna indicación en ellas. Me quedo de pie. No es la primera vez que vengo a esta clínica, ni que recorro el pasillo en ele, ni  que veo esta sala de espera, pero hoy es diferente. Hoy las sensaciones son otras: todos los objetos pasan de largo y no se quedan en mi retina como si estuvieran cubiertos por un halo y no pudiera verlos con claridad, como si estuvieran en un mundo paralelo y yo no perteneciera a él.  Mi corazón late con avidez. Respiro hondo. ¡Quiero entrar ya!

Se oyen voces cerca de una de las puertas. Son dos voces masculinas. Se acciona el pomo de la puerta desde dentro. Parece que va a salir alguien. Un muchacho joven sale de la consulta despidiéndose de la persona que hay dentro. La puerta se queda entreabierta. Yo me quedo mirándola, esperando a que salga alguien de ahí dentro y me llame. La puerta se abre del todo y un técnico con bata blanca, de unos cincuenta años, bajito, con gafas y barba y cabello canosos se asoma a la pequeña sala de espera, me mira y pronuncia mi nombre.

—¿María Estévez?

No digo nada, simplemente empiezo a caminar hacia él y me cuelo dentro de la consulta.

—Túmbese en la camilla —me ordena el hombre.

La camilla está al fondo de la sala, bajo una ventana de aluminio cerrada y cuyos cristales parecen haber sido pintados por fuera haciéndolos completamente opacos a cualquier rayo de luz. No hay cortina. Junto a la camilla está la máquina ecográfica, con una pantalla que muestra una imagen congelada en blanco y negro de algún tejido, probablemente del paciente anterior. La camilla está protegida por un trozo de papel blanco perfectamente colocado de cabeza a pies. Me da un poco de reparo tumbarme para no estropearlo, pero debo hacerlo. Me quito el abrigo, que aún llevaba puesto, lo dejo sobre una silla que hay a los pies de la camilla y me tumbo boca arriba.

Estoy nerviosa. Respiro hondo e intento relajarme mirando hacia el gris claro de la pintura del techo.

—¿Qué lado es?

—El derecho —digo girando la cabeza hacia el técnico, que ya se ha sentado en la silla y comienza a manipular botones y palancas del ecógrafo.

Saca un rollo de papel absorbente no sé de dónde y comienza a desenrollar un buen trozo. 

—Para luego —dice ofreciéndomelo.

Me retiro el pelo de la cara todo lo que puedo. No es la primera vez que me hacen una ecografía —tengo dos hijos y soy mujer— y sé que el gel que utilizan para realizar la prueba no es nada agradable y menos si cae en el pelo.

Después de poner un poco de gel sobre mi cara y sobre la sonda comienza a realizar pases por la lesión en todas direcciones y en diferentes ángulos, obteniendo una serie de imágenes que va capturando. De vez en cuando toma medidas en las imágenes. Desde mi posición puedo ver la pantalla:  en todas las imágenes aparece una mancha blanca sobre un fondo algo más oscuro.

—Ya se puede limpiar.

El técnico permanece serio y en silencio mientras limpia la sonda y manipula los controles. Ni una sola palabra de lo que ha visto. Ni un solo gesto revelador que me permita advertir alguna pista, ni buena ni mala. Semblante circunspecto e imperturbable. 

Me limpio con ahínco. Me pongo el abrigo y espero a que reaccione el hombre de alguna manera, aunque sea para decirme que me puedo marchar.

—Espérese en la sala de espera de afuera —dice sin dejar de mirar las imágenes y haciendo medidas en la mancha blanca que aparece en ellas.

Camino hacia la puerta un poco decepcionada. Me giro, no puedo irme así, sin más, y le pregunto:

—¿Me van a dar los resultados hoy mismo?

—Sí —responde el técnico quitándose las gafas y observándome—. Termino de hacer el informe y se lo dan enseguida.

—¿Qué es lo que se ve? ¿Es un bulto de grasa?

—¿De grasa? No, qué va. Es un pequeño tumor en la parótida. 

Mi cara tiene que ser ahora mismo un poema. Me he quedado perpleja al escuchar esas palabras: tumor, parótida. He estudiado biología, soy licenciada en ciencias biológicas, pero en este momento, no sabría decir qué es exactamente la parótida. Sí, ya me acuerdo, es una glándula. Tumor. Un tumor sí sé que es. No me gusta ese término, tengo malos recuerdos de él. Mi mente está hecha una verdadera revolución. «No todos los tumores son malignos», me digo a mí misma para tranquilizarme. Tengo el ceño fruncido.

—Pero… usted lo ve…

—Yo en un principio no veo nada raro —se encoge de hombros—. Parece que los bordes están intactos. Ya se lo explicará su médico mejor, pero le adelanto que es imprescindible que se realice una punción para mayor seguridad. Se lo voy a indicar en el informe para que su médico lo tenga en cuenta. En estos casos es lo más recomendable.

Demasiada información de golpe. De la nada ha pasado al todo. Si esto fuera una película, estaría haciendo un spoiler desastroso. 

Agarro el pomo y salgo de la consulta. Tumor, punción, parótida, tumor, tumor, tumor… Camino, un paso tras otro, a lo largo del pasillo en ele. La inercia me va llevando. Personas con batas blancas pasan a mi lado. Una de ellas me ha dicho algo señalando la sala de espera. No la he escuchado muy bien, su voz suena débil y lejana a pesar de tenerla cerca. Sé que tengo que esperar a que me den el resultado. Veo a mi padre. Está sentado, mirándome; no sabe nada de lo que me han dicho hace unos minutos. «Papá, no es un bulto de grasa, es un tumor», le diría, pero no puedo hacerlo. No debo hacerlo.  Mi padre no puede enterarse de lo que me han dicho, tiene que quedarse ajeno a mis problemas. No, aún no, es demasiado pronto. Necesito saber con seguridad qué es lo que realmente tengo. No quiero asustarlo ni alterarlo gratuitamente, no es bueno para su diabetes. Me siento a su lado. Me coloco el bolso sobre las piernas. Le sonrío intentando disimular mi preocupación. 

—¿Que te han dicho? 

—Nada. Que… que me espere aquí,  que me van a dar los resultados.

Trago saliva para deshacer el nudo de mi garganta. Definitivamente, tenía que haber venido sola. 

Continuará...

24 octubre 2017

Habitación 604. Capítulo 4: Es mi turno.



Capítulo 4

Es mi turno 

Hace unos días le envié un mensaje a mi editor. Le pedía, después de una introducción donde le explicaba el motivo, que me enviase un par de ejemplares de mi libroRespuesta: ninguna. Pero empezaré por el principio para explicaros el motivo de dicha petición. Durante nuestro viaje navideño a Madrid, visítanos un belén que había cerca de nuestro hotel. Bueno, en realidad, era una exposición de belenes del mundo. Había muestras de muchos países, la mayoría africanos, y cada uno presentaba sus singularidades desde el punto de vista cultural. A mí me pareció muy interesante y didáctica la exposición. Siempre he sentido interés por la cultura de los países africanos --por algunos más que por otros, como es el caso de Marruecos y Costa de Marfil--. No sé si os he dicho que mi libro está ambientado, en buena parte, en este último país, que sufrió una grave guerra civil no hace tantos años, en 2010, provocando un éxodo masivo de personas tanto a Europa como a otras zonas de África. Pues bien, todo lo que sea cultura, política, curiosidades africanas, en general, y de Costa de Marfil, en particular,… me interesa, y ahí que está una servidora para investigar y empaparme de toda la información.

Un grupo de misioneros, conocidos como Misioneros Combonianoseran los responsables de la exposición de belenes del mundo. Este grupo, por cierto, edita una revista titulada Mundo Negro. La visita fue gratuita, pero podías colaborar con los misioneros con una aportación económica voluntaria, a cambio de la cual te regalaban, para aumentar más mi gozo, el último número de la revista. 

Me fui tan contenta con mi revista al hotel. En ella había artículos interesantes sobre la actualidad africana pero también me encontré una sección donde recomendaban libros que hablaban sobre África. Y entonces me pregunté: <<¿Por qué no? ¿Por qué no escribirles para hablarles de mi libro?>>. Era una gran oportunidad de promoción que no podía desperdiciar. Hasta ahora mi única forma de hacer publicidad del libro, y que la gente lo conociera, ha sido por medio de la promoción en redes sociales, algo que, os aseguro, cansa mucho y frustra bastante. <Mi libro reseñado en una revista!>>, pensé.  Así que no lo dudé y en cuanto llegué a Granada envié un email a la dirección de correo que aparecía en la revista hablándole del libro. Al día siguiente encontré en la bandeja de entrada su contestación: necesitaban un ejemplar para poder hacer la reseña. ¡Buena noticia! Solo había un problema y era que yo no disponía de ejemplares. En un primer momento pensé en encargar uno en la librería pero luego me acordé que la editorial tendría ejemplares disponibles y fue por lo que decidí finalmente escribir al editor pidiéndole un par de ellos.

Por supuesto, le dejé claro en el mensaje que la petición no iba a ser gratuita, sino que yo les pagaría el coste de los libros, o bien que me lo descontaran de la liquidación. Pero parece que no les interesa promocionar el libro, que es mío pero también suyo, porque forma parte de su catálogo, porque no hubo respuesta.  A pesar de haber leído el mensaje, no me contestó y sé que no me va a contestar, como siempre hace. No es la primera vez que el editor actúa así, no solo conmigo sino con otros muchos autores, muchos de los cuales se han largado hace tiempo de la editorial al ver el percal. 

Estrella Santamaría es una de ellos.  Canaria de nacimiento, Estrella tiene la habilidad de atravesarte el alma con sus escritos. Basados en hechos reales, algunos son demasiado crueles pero, a pesar de ello, no dejan mal sabor de boca, sino todo lo contrario. Sus escritos, que siempre tienen una moraleja, un importante aprendizaje final, te llenan de paz y de esperanza y hacen que veas la vida con otros ojos, con los ojos de una persona que ha pasado por momentos difíciles y que ha sabido salir adelante y emprender de nuevo el vuelo cual Ave Fénix. 

Estrella y yo no nos hemos visto personalmente. Las redes sociales son el medio por el cual nos conocimos, y seguimos manteniendo nuestra amistad. Las dos estábamos en la misma editorial y en el mismo grupo literario de Facebook, y enseguida conectamos. Junto con otra escritora, Anastasia García, también canaria, aunque no de nacimiento, comenzamos a escribir relatos simplemente por diversión, por el placer de escribir. Una lo comenzaba, otra lo seguía y una tercera lo terminaba. Todo un experimento literario y un reto para nosotras, sin lugar a dudas. Así comenzó nuetra amistad, por el amor y la pasión a las letras. La complicidad y el entendimiento desde el minuto uno entre las tres era extraordinario, insólito teniendo en cuenta que no nos habíamos visto nunca en persona. El trabajo siempre tiene su recompensa y de esos relatos salió una antología que publicamos el verano pasado en Amazon, con gran éxito de ventas, por cierto.

Buena parte de mi desidia con la escritura, por no decir toda, se la debo a mi querido y dispuesto editor y su fantástica editorial, pero también al honrado y honesto agente literario que me captó. Por si no la habéis captado, esta última frase va cargada de ironía, porque estos tipejos son de lo más despreciable que te puedes echar a la cara.  No han movido un dedo por ningún libro de su catálogo y eso es algo que no puedo llegar a entender. Una editorial no es más que una empresa  y, como tal, deben implementar métodos de publicidad y promoción si quieren vender sus productos. Estos no, todo lo contrario, ni han hecho ni hacen nada de nada. Somos los autores los que si queremos dar a conocer nuestros libros tenemos que dedicar parte de nuestro tiempo a la promoción, sin su apoyo. No son capaces ni de retuitear ni de compartir en Facebook los contenidos que vamos poniendo

Las ganas de ver mi libro publicado en papel bajo un sello editorial se han ido convirtiendo en un recipiente lleno de agua que va perdiendo el contenido poco a poco.  Un recipiente gigante que fui llenando de ilusión, esperanza, deseos y sueños, y que está siendo agujereado cada vez con más frecuencia.  

En estos momentos siento una impotencia tan desorbitante que se está convirtiendo peligrosamente en rabia. Cuánto me arrepiento de aquella decisión que tomé hace dos años, cuando aquel falso e innombrable agente editorial contactó conmigo para venderme el oro y el moro. Las llamadas y los mensajes se sucedían entonces con gran fluidez, me hablaba del estupendo futuro que le auguraba a mi libro, me prometía una estupenda editorial que lo situaría en lo más alto, <<…porque la historia lo merece, María...>>, me decía convencido, <<…no he podido leerlo del todo, María, pero con unas pocas páginas me sobran para ver qué escribes de dulce...>>,  continuaba enardeciéndome. Ya veía mi libro ese mismo año en las principales librerías nacionales, es el sueño de todo escritor, era lo que me prometía. ¡Todo eran mentiras! Después de firmar el contrato de edición, dejó de fluir la comunicación, por su parte. Todo eran problemas, excusas sin sentido. La impotencia crecía y solo se aplacaba con falsas esperanzas aún latentes en mí. 

Hoy, estoy pensando seriamente en hacer como mi compañera Estrella y rescindir el contrato de edición. Ella fue valiente, se enfrentó primero al tunante del agente literario y después al indeseable del editor, y puso punto y final a unos cuantos años de mentiras. Muchas veces hablamos de ello y le confieso mis dudas. Su respuesta: <Hazlo cuanto antes! ¡Vete de la editorial! !Son unos trapaceros!>>. 

La chica que tengo en frente me mira como si fuera un bicho raro. Y en realidad es así: soy la única de la sala de espera de la consulta de Cirugía General que está leyendo un libro. Lo cierro y lo guardo dentro del bolso, de todas maneras no me estaba enterando de nada. Letras y más letras pasando delante de mis ojos, pero mi mente está en otro sitio, en otros pensamientos. Mi cabeza está hecha un mar de dudas. 

Esta tarde no voy a tener tiempo tampoco de escribir ni una sola letra. Me toca a mí llevar a los niños al inglés. De paso le haré una visita a mi padre. Me turno con Rocío, la madre de Marta y Sofía, para llevarlos a las clases extraescolares, de modo que los lunes los llevo yo y los miércoles los lleva ella. Después del inglés tengo que llevar a Julia a la clase de baile y mientras aprovecharé para ir a comprar leche, fruta y yogures que ya no quedan. 

Me palpo con los dedos índice y pulgar el bultito. Fran no ha podido venir conmigo, tiene clases los lunes por la mañana. El traumatólogo le ha pedido una ecografía del dedo para ver si tiene lesionado algún tendón. Ese mismo día, ya que estábamos en el hospital, pedí cita para el cirujano y me la dieron para hoy lunes, 16 de enero. Si por algo me alegro de estar en Adeslas es por la prontitud y la facilidad a la hora de solicitar una cita con un especialista. Pudimos elegir entre la Seguridad Social o una compañía, por ser de MUFACE, y no sé si alguna vez nos arrepentiremos, pero por ahora estamos muy contentos de nuestra elección. 

Bajo mis dedos siento como si tuviera un pequeño hueso de aceituna dentro de mi cara, muy cerca del lóbulo de la oreja. Lo mismo es causa de una infección del oído, pero… me dolería el oído, ¿no? Me lo toco con suavidad mientras observo con qué soltura y rapidez maneja la chica de enfrente el teclado de su móvil. No me duele, pero de un tiempo a esta parte lo noto más grande. No sé… ¡Bah! Serán cosas mías. 

La consulta va con retraso. Estoy nerviosa y no sé por qué. Saco el móvil,  abro el Wasshap y me dispongo a decirle a mi padre que esta tarde iré a verlo cuando escucho mi nombre por megafonía. 
--María Estuarte. Consulta 4.
Es mi turno.
Continuará...