21 abril 2014

Marrakech y la fachada atlántica. Etapa 3: Marrakech


De Essaouira a Marrakech hay unos 160 km de carretera en buen estado. El paisaje que nos vamos encontrando es diverso pero siempre árido. Vimos algunos cultivos de olivos y, sobre todo, el bello árbol del argán, de cuyos frutos se obtiene un aceite para fabricar productos de cosmética y alimentación. 
De Essaouira salimos el domingo 13 de abril, después de comer, por lo que se nos hizo de noche por el camino. Las luces del atardecer pintaron el paisaje con tonos ocres y anaranjados adelantándonos los colores típicos de Marrakech. No en vano la llaman la "ciudad roja": los edificios están pintados de color rojo-mostaza. Durante nuestro camino hacia Marrakech pudimos apreciar a la derecha cómo se recortaban las cimas nevadas del Gran Átlas.


Marrakech fue fundada por los almorávides (1070). Es una ciudad hecha por los designios del rey (como Granada). Conectaba el Sudán con el Mediterráneo en el comercio de negros, oro y especias, por lo que se trataba fundamentalmente de una ciudad "carabanera". 
A Marrakech llegamos ya de noche. Nos alojamos en el hotel Riad Mogador Gueill, de estilo morisco. Dejamos las maletas, nos dimos una ducha y nos tiramos a la calle. Nuestro objetivo era ver la plaza de la Jemaa El Fna de noche que es cuando está en todo su apogeo. 
Marrakech es una ciudad de estilo occidental con grandes avenidas y altos edificios modernos. De camino a la plaza de la Jemaa pasamos por la Torre de la Koutoubia que en ese momento estaba iluminada, recordándome a la Giralda de Sevilla y es que precisamente esa torre sirvió como modelo para construir la andaluza. La única diferencia entre ambas es que la Giralda tiene en la cima el giraldillo en lugar de las cuatro bolas doradas y de tamaño decreciente (símbolo musulmán) de la Koutouibia. León el Africano hacía alusión al ambiente mágico que existía en torno a las bolas del alminar o minarete. Si no habéis leído sus escritos sobre el norte de África, os los recomiendo porque no tienen desperdicio.
No tengo palabras para describir lo que sentí  cuando llegamos a la plaza de la Jemaa. El bullicio era impresionante, ruidos, luces, humos, algarabía... Una plaza con vida propia. 


La plaza era un hervidero de puestos de pinchitos, cuscus, sopas, tagines..., y la típica cabeza de vaca cocida entera en grandes ollas; puestos móviles de dulces y de zumos naturales de naranja y pomelo; contadores de historias, encantadores de serpiertes, bailarines del Sahara, mujeres tapadas completamente con el burka ofreciéndose como expertas tatuadoras de henna, y mil expectáculos más, en los que si te acercabas ( y eres mujer) corrías el riesgo de que te tocarán el trasero con mucho disimulo.
Subimos a la terraza de uno de los restaurantes de la plaza con la intención de cenar, pero no había sitio suficiente. Aprovechamos el momento para sacar algunas fotos de toda la plaza. Las vistas eran impresionantes desde allí arriba. 


Decidimos entonces introducirnos en el Marruecos  profundo (nuestro viaje se caracterizaba precisamente por eso, por visitar y descubrir zonas diferentes a las que un turista convencional iría) y cenamos  pinchitos y cuscus en uno de los puestos ambulantes de la plaza, aun a riesgo de una colitis. La verdad es que a nadie le sentó mal la cena por lo que al día siguiente tuvimos la osadía de repetir.
Los puestos tenían un número, en el que nosotros cenamos era el número uno, un tal Chez Aicha, tenía carteles colgados con el símbolo de Trip Advisor, haciendo un juego de palabras con el n.1 (número del puesto) y dicha recomendación, por lo que parecía a primera vista que era n. 1 en Trip Advisor (algo impensable). 


La comida no estaba mal pero el aspecto viejo de las mesas, cubiertos, e incluso la carta misma que parecía andar sola de comensal en comensal de la pátina que tenía (no de betún sino de roña), dejaban mucho que desear, así que ahora pienso que tuvimos más valor que El Alcoyano al sentarnos a cenar allí. 


Al día siguiente, el lunes 14 de abril, después de dormir tan solo unas tres o cuatro horas (algunos y algunas nos quedábamos charlando junto a las piscinas y/o jardines de los hoteles), nos levantamos temprano para visitar La Menara, grandes albercas construidas por los almohades para abastecer de agua la ciudad y los huertos. 


Allí tuvimos ocasión de comenzar a saborear el intenso calor que nos esperaba durante el día, y también para escuchar de boca de Salvador Hernández algunas curiosidades del principal sultán que residió allí, Sidi Mohammed, según se cuenta arrojaba a la concubina a la alberca después de su encuentro amoroso. 
Después de La Menara nos acercamos hasta la Torre de la Koutoubia. Si de noche es impresionante de día lo es más. 


No pudimos entrar porque el acceso está prohibido para los que no somos musulmanes (una pena, pero es así). La Torre de la Koutoubia pertenece a una Mezquita construida en el s. XII por los almohades. Pronto se instalaron a su alrededor mercaderes de manuscritos y la mezquita tomó el nombre de Koutoubia que significa mezquita de los libreros (en árabe, kutub=libro) hay mucha vida alrededor de la mezquita. Lo que más me llamó la atención fueron los aguadores, hombres vestidos de rojo, con un sombreo ancho con borlas que vendían agua que llevaban en una especie de bolsa de piel. (Los guías nos advirtieron que esa agua ni probarla).
También visitamos la Medersa de Ben Yusuf, junto a la mezquita. Su arte es similar al nazarita granadino, por lo que en determinados momentos me dio la impresión de estar paseando por el interior de los Palacios de la Alhambra. 


El almuerzo lo hicimos en el interior de la Medina, en un restaurante con un encanto especial conocido como Le Jardin. Quién hubiera dicho que detrás de aquella fachada sucia y descascarillada nos íbamos a encontrar aquel lujo, era como un oasis repleto de altas palmeras, naranjos y otras especies de árboles, alrededor del cual se disponían las mesas. 


Y tampoco nos hubiéramos creído nunca que allí nos encontraríamos a la infanta Cristina y a su marido Iñaki Urdangarín, pero fue así. No tenemos muestra gráfica porque rápidamente se encargaron los guardaespaldas de que así fuese. 
El martes 15 de abril fue un día dedicado casi por completo a la Medina y sus zocos, por la que nos perdimos en más de una ocasión (algo que también tuvo su toque "mágico"). Antes de adentraremos en la Medina visitamos un par de sitios interesantes: 
El cementerio musulmán (en el que tampoco pudimos entrar ni nos permitieron fotografiar),situado  junto al palacio del rey. 
Las Tumbas saadíes de gran interés arquitectónico. El recinto interior de tumbas no se puede pisar pero se puede ver y hacer fotos sin problemas desde la entrada. 


El exterior es un rico jardín donde destacan los Rosales y cuyo frescor agradecimos. 


Perderse por las callejuelas de la 
Medina de Marrakech tiene su encanto, con sus grandes zocos: las curtiderias con ese olor tan especial, el zoco de los forjadores, el de la madera, el de las telas y los puestos donde lo reciclan todo, hasta las dentaduras.


Si quieres comprar algo no te olvides de regatear el precio. A mi me parece un incordio pero hay que hacerlo. Se puede pagar en euros pero es mejor pagar en dirhans para que salga más beneficioso el cambio (hay locales de cambio en la Medina y en la plaza de la Jemaa). Por la Medina no sólo pasan personas si no también carros cargados de mercancía y tirados por burros, coches y motos con sus impertinentes claxon.
Marrakech tiene su zona de lujo en contraste con la Medina. Allí puedes encontrar hoteles y residenciales de lujo e incluso pubs y discotecas en las que se te olvidará que estás en Marruecos por sus semejanzas con las europeas.
La noche del martes 15 de abril, nuestra última noche de estancia en Marrakech, pudimos disfrutar de la belleza de la luna llena tomándonos un rico mojito en un pub conocido como Comptoir, situado  en pleno centro del barrio rico. 


Espero que os haya gustado esta entrada. 
Nuestro próximo destino será Asilah. No os perdáis el siguiente post. 

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