28 octubre 2013

Ella y él




 Un relato de David Lucas

Estaba amaneciendo y, aunque el sol iluminaba un nuevo día, para ellos todo seguía igual. El reloj no llegó a sonar, él ya lo había parado cansado de mirar a la oscuridad y esperando como cada día, el desespero se hacía fiel socio de su angustia.

Ella se levantó y abrió la persiana y la ventana en busca de aire para respirar que rompiera de una vez los muros de la ansiedad. Él se incorporó contemplando cómo su mujer perdía la mirada en el horizonte sin pensamientos que llenar.

—Buenos días, cariño —dijo ella al pasar por su lado.

—Buenos días, mi amor —respondió él con un beso en la mejilla.

En la cocina el pitido del café los despertó del ensimismamiento. Ella imaginaba que un genio aparecía de la cafetera ofreciéndole tres deseos. O dos… o al menos uno. Él, ojeaba los recortes del periódico, exactamente, los artículos de oferta y demanda. 

Mientras desayunaban, en la televisión se mezclaba el cotilleo, la sangre, la injusticia, la corrupción. Por último, el desempleo; la periodista transmitía desde una oficina de la Inem, delante de una larga hilera de gente a la espera de una oportunidad o un trabajo digno. Las cifras de parados era histórica y simultáneamente, en un recuadro en la parte inferior derecha de la pantalla, aparecía un listado de todos los gastos innecesarios que derrochaban los políticos.

Él, después de ingerir una galleta, suspiró y cerró los puños. Tragó saliva y ladeó la cabeza de un lado a otro intentando relajar los músculos. Ella, pasó su mano por su espalda y apretó su hombro. 

—Me voy a duchar y afeitar. Tengo que seguir, no puedo parar.

Al cabo de unos minutos, él asomó por el pasillo aseado, ataviado de arriba abajo y perfumado, un aroma que a ella le recordaba momentos muy diferentes al de ese instante. Ella soltó una pequeña y triste sonrisa y susurró, « ¡Que guapo!». Luego, se acercó a él y lo besó en los labios a medida que su abrazo se repartía por todo el cuerpo corpulento de su marido. 

—Cariño — susurró de nuevo.

—Dime… — contestó él avanzando hacia la salida.

—Quédate, hoy no salgas, por favor. Quédate conmigo y hagamos del día algo especial y único. Por favor, cariño… ¡Quédate, que te necesito!

A pie de puerta y con una carpeta llena de currículums bajo el brazo,  la voz de su mujer paralizó cualquier intento de fuga en busca de dignidad y de eso que pregona la constitución. Él aguantó como pudo el tsunami de lágrimas que estaba a punto de reventar en sus ojos. La miró con ternura y una pequeña sonrisa, más amarga que dulce, se dibujó en su cara de arrugas y sufrimiento. Avanzó hacia ella y la abrazó.

Silencio… un suspiro… un quejío… y la puta ansiedad devora hasta el respirar.

Un beso… una caricia… una palabra… y el tiempo pasa y nunca pasa nada.

—Tengo que salir cariño, el trabajo a casa no va a venir y me quedan polígonos por recorrer donde no he dejado mi carta de presentación. Quizá, hoy tenga suerte…

Con los ojos cerrados y sin despegarse de su cuerpo, ella negó con la cabeza y haciendo un sobreesfuerzo recargó los pulmones más de lamentos que de aíre. Miró hacia arriba y vio que el techo era cada vez más bajo y más negro. Se separó de él y sus ojos se clavaron en los suyos.

—Te entiendo, pero hoy no, por favor —dijo con la voz quebrada—, hoy quiero que todo el tiempo estés conmigo... te lo ruego… solo hoy y mañana vuelves a salir.

— ¿Qué te ocurre?, ¿Estás bien?— preguntó preocupado.

—No me pasa más que lo que últimamente estamos viviendo. Solo que hoy quiero que el destino esté a nuestras ordenes. Quiero que hagamos lo que nos dé la gana y no lo que la situación nos empuja a hacer. Tumbarme en la cama y llenarme de tus besos, contemplarte sin prisas y romper el reloj en mil pedazos. Quiero hacer el amor sin pensar y solo sentir tus manos, tus caricias y tu voz. Y quiero salir al mundo sin tener miedo al mañana, porque el mes tiene mucho más de treinta días y repechos que ahogan nuestra ilusión.

Sin mediar palabra él dejó las llaves en un cuenco de cristal que había en el recibidor. Lanzó la carpeta por los aires y los papeles volaron imitando a las hojas cuando el otoño las empuja a bailar.

La agarró de la mano y le preguntó:

—¿Vamos? —Sus ojos la guiaban al dormitorio.

—Sí  —dijo ella.

En el lecho las manos se multiplicaron, las caricias iban cargadas de ternura, los besos de lucha y esperanza. El pecado de locura y la locura de sentimiento. El amor emanaba por toda la habitación y el éxtasis llegó cuando ambos unieron pasión con placer, tras entregarse mutuamente y sin miedo, a que el tiempo o el destino vinieran con ganas de estropear ese hermoso retrato a la vida.

De fondo, se escuchaba la televisión.
 El tic- tac del reloj.
 El crujir del techo.

Cuando llegaron al orgasmo y los corazones estallaron de amor…
De fondo, reinó el silencio y millones de suaves chasquidos…
O sea, millones de besos…
David Lucas

10 comentarios:

  1. Un relato precioso, David. Ojala y solo fuera eso, un relato, solo que en la calle hay ya miles de parejas como las que tu aqui muy bien has dibujado. Aunque quizás, no todas esas mujeres lograrán convencer a sus maridos para que se queden. Un abrazo muchachote!

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  2. Gracias Mercedes, como siempre nunca fallas con tus cariñosos comentarios. Un beso.

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  3. Gracias Olga, un beso enorme y cuídate mucho!! Te espera Barcelona.

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  4. Hombre, el señor Gassoft!! Espero que estés bien y ya me contarás como llevas esto de escribir. Gracias por tu comentario y un fuerte abrazo.

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  5. Frank, agradezco y valoro tu opinión. Muchas gracias y ya sabes, cuando quieras no vemos. Estamos muy cerca. Un abrazo.

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  6. Mi querido místico. Qué bonito es lo que dices, pero lo mejor es que al concoerte se nota que es verdad, que tu vida y tu alma son como esos escritos. No cambies, sigue llenando de amor, de ilusión y de esperanza, los lugares por los que transitas. Gracias, David. Gracias Puri por acercarnos a este hombre irrepetible.

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  7. Gracias Mercedes, me dejas sin palabras. La verdad es que sí, soy como mis letras y tú ya me vas conociendo. Pero te digo algo, para mi es un privilegio compartir vida contigo. Conocerte ha sido un regalo del cielo, como se suele decir. Eres buena, pero buena de verdad. Y si eres una gran escritora, que lo eres, como persona traspasas el corazón, el alma y las ganas de querer una y otra vez vivir grandes momentos a tu lado. Sencillamente, eres impresionante. Un beso.

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