16 octubre 2017

Habitación 604. Capítulo 3: Con las defensas bajas






Capítulo 3:
Con las defensas bajas

Solo cien metros separan la casa del coche y ya me arrepiento de haberme puesto el abrigo. Me lo quito y lo dejo en el asiento trasero antes de meterme en el vehículo. Para ser diciembre no hace excesivamente frío y eso que la humedad en Granada es baja: las lluvias siguen sin dar la cara.
Suelo dejar el coche aparcado en la acera de enfrente desde que lo compré hace tan solo dos años. Lo podría meter en la cochera, justo detrás del de Fran, pero no lo hago. La comodidad vence a diario a la sensatez y no puedo hacer nada por abandonar ese mal hábito. Supongo que la confianza en el próximo perdurará hasta que se demuestre lo contrario, como ocurre en tantos otros sectores de la vida.
Vivimos en una urbanización muy tranquila. Aquí todos nos conocemos y sabemos de qué pie cojeamos cada uno. Nunca hemos tenido problemas con ningún vecino, muchos de los cuales también presentan el mismo hábito que nosotros y dejan sus coches a dormir, viejos y nuevos, en la calle.
Conduzco yo. El Hospital Vithas La Salud no está lejos. Por la autovía llegamos en diez minutos. Por el camino nos vamos riendo, pensando en el día escogido para hacer la primera vistita al nuevo hospital. Un mastodonte de hormigón y cristales, bellamente iluminado, se deja ver nada más salir del túnel del Serrallo. Un gran edificio de fachada oscura que han construido sobre un monte y que hace que pienses en si no habría otra ubicación mejor para construirlo. Pero vamos, que no es por quejarme, a nosotros nos viene muy bien el lugar elegido por los responsables del grupo Vithas para construir el nuevo hospital, bastante mejor que la anterior ubicación tanto por distancia como por accesos.
Fran lleva el dedo vendado torpemente y a la ligera: no había tiempo de esmerarme. La sangre no se cortaba, y a la vista de cómo lleva el vendaje de manchado, sigue sangrándole la herida. A diferencia de mí, él ni se ha acordado del abrigo, solo lleva el forro polar sobre una camiseta de manga corta y un pantalón de chándal.
El calor me golpea la cara nada más atravesar las puertas automáticas de urgencias. Me quito el abrigo de nuevo, pensando en que debería haberlo dejado en el coche. Una iluminada sala se abre delante de mis ojos. El verde limón de las sillas contrasta con el blanco de paredes, techo y suelo. Hay muy pocas libres. La sala está llena de gente, la mayoría sentada, esperando su turno para entrar a consultas o acompañando a los pacientes.
—¡Y eso que es Nochebuena! —le comento a Fran, sorprendida.
Después de pasar por recepción para dar los datos nos sentamos a esperar a que nos toque como el resto de gente que hay allí.
—Creo que esto va para largo.
Fran se encoge de hombros. Se presiona contra el pulgar un puñado de gasas que le han dado en el control.
—Lo mismo me llaman pronto al ver que esto no para de sangrar.
—Apriétate fuerte.

Hemos subido desde el parking directamente al hospital, desconociendo que existe un acceso directo a la zona de urgencias, pero eso nos ha servido para conocer un poco las instalaciones. En la planta 1 está la recepción de pacientes y el punto de información. Supongo que en plantas superiores estarán las consultas y las habitaciones. Desde la planta 1 del hospital hay acceso a la calle y también a urgencias.

Las cristaleras, tanto de la zona de urgencias como del hospital, me permiten ver el interior de la planta 1 sin levantarme de la silla. Una escalera de hormigón serpentea hacia arriba suspendida en el aire. Me pregunto de qué manera se mantiene. Me coloco la mano sobre la mejilla derecha, pensativa. Me vuelvo a notar el bultito de la cara.

Lo único que me faltaba es que empezara a crecerme —pienso en voz alta.
Fran me mira ese lado de la cara.
—No se te nota nada —dice negando con la cabeza.
—No sé, quizá son cosas mías, pero creo que me ha crecido. No está muy profundo pero… Iré a que me lo vea D. Eloy primero a ver qué dice él.
No tardaron mucho en llamar a Fran. Le dieron un par de puntos de sutura en el dedo después de que varios sanitarios hicieran los correspondientes chistes con eso del jamón: que si qué hacía usted cortando tan pronto jamón, que si se podría usted haber acordado de mí y haberme traído un poquito, que si patatín que si patatán… El caso es que, en la primera visita al nuevo hospital, Fran no se fue demasiado contento: se quejó varias veces al médico de urgencias que lo atendió de la escasa movilidad del dedo desde el momento del corte, pero no le hicieron demasiado caso por no decir ninguno.

La Nochebuena ha pasado sin más pena que gloria. La cena, la televisión, la cháchara y… cada uno para su casa. Como todos los años, una noche más en la que comemos y bebemos demasiado. Y todo eso lo hacemos por tradición, porque sí, porque parece que si se no se hacen excesos esa noche no es Nochebuena. Para mí, dejando a un lado la anécdota del corte del dedo de Fran, que ha alterado un poco la inercia de la Navidad, es una noche cualquiera llena de recuerdos encarnados de momentos vividos con mi madre que ya no volverán.

El día 26 siempre hacemos un viaje. Este año hemos vuelto a irnos unos días a Madrid. A los niños les encanta el ambiente que se vive esta época en la capital, con su plaza Mayor llena de puestos de adornos de Navidad, bolsas de cotillón, gorros, disfraces…, y esos vendedores de bombetas que salpican la plaza de punta a punta y recargan el ambiente con su repetitivo pregón. Bullicio, luces de colores, hordas de gente, bares llenos a rebosar, música, compras y más compras…, todas esas cosas me recuerdan que estamos en una época especial del año, en la que parece que nunca hemos comido, ni salido, ni reído, ni comprado; una época de aparentar tener, de aparentar vestir, de aparentar ser feliz, de aparentar que te gusta la Navidad.

De un tiempo a esta parte, las sensaciones se mezclan en mí cuerpo como en un cóctel mal agitado: unas veces  estoy eufórica, otras me vengo abajo con el más mínimo recuerdo. Mira, en eso le parezco a mi hija y su montaña rusa. En mi caso no son las hormonas. Algunas veces creo que le doy demasiadas vueltas a las cosas y que debido a eso tengo las defensas por los suelos, llegándome a afectar todo demasiado, lo bueno y lo malo. Luego están las circunstancias que me rodean: la salud de mi padre, mi precaria situación en la literatura y, ahora este bultito en la cara, que me está empezando a preocupar, y es que cada día que me lo toco parece que haya crecido un poco más. No sé, solo de pensar que me tengan que hacer un corte en la cara  para quitármelo me da algo. Ya tengo la piel bastante marcada debido al acné que padecí en mi juventud como para que ahora me hagan otra cicatriz.

Este mes de enero también lo tengo cargado de citas médicas. El dedo de Fran sigue sin recuperar la movilidad. Durante una revisión de los puntos le dieron cita para que se lo viera el traumatólogo y valorara la posible pérdida de movilidad. La cita nos la han dado para el día 11 de enero a las 10.30, en el nuevo hospital, así que de nuevo lo vamos a visitar. Por la tarde también voy de médicos, esta vez con Julia, al dermatólogo, para la revisión del tratamiento  antiacné que se está tomando desde hace dos meses. Ese día lo aprovecharé para pedir cita para el cirujano. ¡Ah!, que no os lo he contado, ¿verdad? Me he quedado más tranquila con lo del bultito. Don Eloy, el médico de cabecera, le ha restado importancia. Según él se trata solo de una concentración de grasa, y eso que ni me lo ha tocado. Me ha dicho que pida cita al cirujano por si tuvieran que extirparlo, y que ahora que está pequeño es mucho mejor de quitar, desde el punto vista estético, que si fuera más grande.

Los días van pasando, uno tras otro. Pasó Nochevieja igual que pasó Nochebuena. Una cena de Fin de Año como otra cualquiera. Nada que resaltar: comer, beber, doce uvas, brindar, seguir bebiendo, bailar un poco, programas de televisión, sueño, dormir… No nos damos cuenta, pero el mundo gira rápido cuando echamos la vista atrás. Parece que fue ayer y ya estamos de vuelta a la normalidad. Julia y Pablo, hoy, 9 de enero, vuelven a su rutina escolar y yo, en mi casa, escribiendo la segunda parte del libro sin muchas ganas de hacerlo y es que, aunque haya acabado la Navidad, sigo con las defensas bajas.

 Continuará...

05 octubre 2017

HABITACIÓN 604. Capítulo 2. ¡Qué poco me gusta la Navidad!



Capítulo 2
¡Qué poco me gusta la Navidad!
 

Las teclas empiezan a bailar delante de mis ojos. Llevo ya más de tres horas delante del ordenador y solo he escrito cuatro páginas. Tengo la sana costumbre de escribir, leer, borrar, escribir, releer, corregir… antes incluso de terminar un solo capítulo. Ya sé que es algo que no se debe hacer, que las ideas hay que dejarlas fluir como el agua de un río, plasmarlas tal cual en papel y, después, mucho después, leer, corregir y quitar lo que haya que quitar. Pero no hay nada que hacer, por mucho que lo aconseje en el blog a otros escritores, no puedo ponerlo en práctica.
Últimamente, mi falta de interés por la escritura ha ido creciendo exponencialmente. Son muchas las razones que se han ido sumando gota a gota hasta formar esta laguna que ya me pesa demasiado. Una desidia que comenzó a fraguarse antes de la presentación de mi tercera novela.
Mi primera novela la presenté en la Feria del Libro de Granada en 2012. Qué ilusión… y ¡cuántos recuerdos! Los nervios se instalaron en mi cuerpo desde que supe de la presentación y ya no me abandonaron hasta que la finalicé. Era la primera vez que hablaba en público de algo que había nacido de mi interior, igual que un hijo, algo así como desnudarse. El pudor, la vergüenza, el sentido del ridículo… tomaron aquel día una dimensión desconocida hasta entonces. En aquella ocasión yo me enfrentaba a todo el proceso sola, sin una editorial que me apoyase. Saqué una edición corta, unos cien ejemplares, solo para la Feria del Libro. Fue un éxito, y eso que en un principio pensé no presentar edición en papel, solo ebook, pero los organizadores de la Feria del Libro me lo recomendaron y me lancé animada por la posibilidad de poder firmar ejemplares.
 Que una editorial se ponga en contacto contigo y se interese por una de tus novelas es a lo que aspira todo escritor. Y es algo que no ocurre todos los días. Pues bien, a mí me ocurrió dos veces, aunque en el último caso no sé debería llamarse editorial. La segunda novela está publicada bajo sello editorial y, aunque solo esté en formato digital, me siento muy feliz y satisfecha con lo conseguido. La tercera novela también está bajo sello editorial, pero en este caso, no puedo decir que me sienta feliz: no está en buenas manos. Ya desde el primero momento la comunicación con los responsables de la editorial no era buena y, claro, para poder entenderse hace falta una buena comunicación. Todo eran problemas, excusas, retrasos…en definitiva, mala gestión, pero yo estaba tan ilusionada con que una editorial iba a sacar mi tercer libro en papel que no veía nada anormal en todo ello. Lo dejaba pasar y solo pensaba en ver mi libro publicado.
La idea era convertirlo en una bilogía, y de un modo u otro, lo sigue siendo. Pero digamos que la intensidad del pensamiento primigenio va disminuyendo. Ya no escribo como antes, con esa pasión, con esa inocencia con la que teclee el primer párrafo de la primera novela. Ahora sé demasiado del mundo editorial y algunas veces siento hasta arcadas.
 Mi tercer libro siempre ha sido especial, una historia especial. Un libro duro de escribir y también duro de leer. Un libro que no se escribió ni en dos ni en tres ni en cuatro meses, sino que me llevó casi dos años terminarlo. Un libro que tiene un gran trabajo de investigación detrás y una buena dosis de sentimientos, valores e incluso de polémica. Un libro que habla de los inmigrantes sin tapujos porque el protagonista es uno de ellos. Un libro fruto de la impotencia ante las trágicas noticias sobre la inmigración en España. Un libro maduro y un libro con el que aprendí mucho, demasiado, y no solo de inmigración.
Todo eso ocupa un importante hueco en el alma como para que te lo arranquen de cuajo. El desengaño editorial fue mayúsculo. No solo se llevaron el libro para dejarlo en un rincón cualquiera de una estantería ficticia de una librería inexistente, también se llevaron la ilusión, las ganas, la osadía, la imaginación, la valentía, la perseverancia.
Me levanto de la silla pensando en Said, el protagonista de la bilogía. Desde hace un par de semanas lo vengo notando un poco deprimido y, lo peor, es que no sé cómo animarlo. Definitivamente, ocurren tantas cosas a mi alrededor que no creo estar en las mejores condiciones de escribir. Said no tiene por qué acusar todo lo que a mí me pase.
Miro el reloj del microondas. Siempre me fio más del electrodoméstico que de mi reloj de pulsera. La una y veinticinco de la tarde. Estoy sola, aún no han llegado Fran y los niños de hacer la compra. La comida de hoy será ligera: salmón a la plancha y ensalada. Mi madre siempre me decía que una mujer previsora vale por dos. Yo sigo al pie de la letra su afirmación y esta mañana, bien temprano, antes de ponerme con las faenas de la casa,  saqué el pescado del congelador.  
Es sábado, 24 de diciembre, hoy va a ser un día muy largo. Este año me toca a mí preparar la cena de nochebuena. Siempre nos reunimos esta noche con mi familia. Mi hermana y yo nos alternamos, un año una y otro año la otra, desde que no está mi madre, para preparar la cena. En nochevieja nos reunimos con la familia de Fran, e igualmente, me turno con sus cuatro hermanas para preparar la cena, por lo que cada año le toca a una.
La Navidad es una época del año extraña para mí, con una importante carga sentimental y difícil de llevar algunas veces por cansina. Cuando vivía mi madre era diferente. Una época alegre, divertida, llena de colores. Nos reuníamos en casa de mis padres a comer o cenar y veíamos esos programas de humor que tanto nos gustaban. Ahora ya no veo esos colores, ni siento esa alegría, sino un constante pellizco en el estómago desde la nochebuena hasta el día uno de enero. Cuando falta alguien tan especial en una familia como una madre ya todo es diferente, y esta época invita a recordarla y a echarla más de menos si cabe.

Ayer ya estuve toda la tarde liada en la cocina, preparando la mayoría de platos. La verdad es que no supe lo que íbamos a cenar hasta hace unos días. Al final me decidí por volver a poner las carrilleras guisadas con una reducción de Pedro Ximenez que tan buenas me quedaron una nochevieja. Eso de segundo, y de primero una sopa de mariscos.
El frigorífico está que no le cabe un alfiler: los langostinos cocidos, las carrilleras guisadas, una tarta de chocolate que ha traído Fran, el cajón lleno de cervezas, botellas de cola y otros refrescos… Saco los mariscos que ha traído Fran y me dispongo a hacer el fumé para la sopa.
—¿Ya vas a hacer la sopa? —inquiere Fran mirando su reloj.
—Ya debería de tenerla hecha. Son las cuatro, no es tan temprano, y después tenemos que ir a ver a tus padres un rato…
—¿Qué te queda más por hacer?
—No, solo la sopa. Ahora, un poco más tarde tienes que empezar a cortar el queso y el jamón para dejarlo preparado en la mesa.
—Es verdad, el jamón. Vamos a ver cómo sale este año —dice mientras lo saca del saco de tela donde lo metió el dependiente.
—Pues bueno, como va salir. Por cierto, no sé para qué has comprado esa tarta de chocolate, sabes que mi hermana siempre trae algo para el postre.
—Por si se le olvida o es poco.
—Ya verás cómo sobra todo.  Mi tita no come nada y mi padre tres cuartos de lo mismo. Los únicos que comen más son mi cuñado y nosotros. Para mañana, como siempre, ya tenemos la comida y la cena hechas.
Fran ya ha colocado la pata en el destartalado jamonero y se dispone a pelarlo. Todos los años nos acordamos tarde de que debemos comprar otro mejor.
—Al final tu hermano no viene, ¿no?
—Este año no puede venir. Me dijo que se iba a cenar con sus consuegros,  los padres de la novia de mi sobrino Juan Carlos. Así que no vayas a cortar mucho jamón.
—Le voy a dejar quitada la grasa y a última hora, antes de irnos a ver a mis padres, dejo cortados un par de platos o tres.
Me ato el pelo con una goma, para que no me moleste en la cara y me rozo la mejilla derecha.
—Esta mañana, lavándome la cara, me he notado un bultito aquí, junto al oído —le señalo el punto exacto con el dedo.
—Será un bulto de grasa. ¿Te duele?
—No, no me duele. Lo mismo es una infección del oído o de las muelas… No sé —me encojo de hombros—. Tengo que ir al dentista a la limpieza anual, les diré que me lo miren.
—Por cierto, hablando de médicos. ¿Aún no hemos ido al nuevo hospital?
—No habrás ido tú. Yo ya he ido unas cuantas veces con mi padre.
—No me refiero al clínico, sino al nuestro, al hospital Vithas. Sabes que lo han hecho nuevo, ¿no?
—Sí, ahora se llama Hospital Vithas La Salud. Me ha dicho Pilar, la vecina, que está muy bien.
Fran termina de colocar sobre la pata de jamón la red en la que iba envuelto y antes de salir de la cocina me da un beso y uno de sus achuchones.
—¿Te echo una mano?
—No, no hace falta. Termino la sopa y nos ponemos con la mesa.
—Vale. Me voy un rato al salón.

A eso de las siete el salón ya está organizado para la cena y Fran ya está liado cortando el jamón. La mesa la hemos dejado donde estaba, junto al ventanal. Cuando viene mi familia no hay que hacer grandes cambios; todo lo contrario de lo que ocurre cuando me toca la cena de nochevieja y viene la familia de Fran: hay que reordenar todo el salón y añadir una mesa más para que quepamos los veinte comensales que ese día nos juntamos. El árbol de Navidad no puede faltar, ¡qué menos! Solíamos armar un “Belén” con su tierra y sus piedras a modo de montañas y todo, pero llevo ya un par de años que no bajo las cajas de la buhardilla. Tampoco es que se interese nadie de la casa por él, así que un trabajo menos. Ahí está, altanero como siempre, el viejo árbol de Navidad, situado en una esquina del salón. Este año lo he puesto hace un par de días. Sí, sí, no me he equivocado, está bien escrito el verbo en primera persona del singular: he puesto. Otros años los niños han participado aunque sea colocando la estrella en lo alto, pero este año nada de nada, cada uno a lo suyo, se ve que tienen menos espíritu navideño que una servidora. No, no me gusta la Navidad. De todas formas, si tuviera que buscar algún motivo por el que me gustase esta época sería porque nos reunimos en familia y este año hay un motivo más que suficiente para alegrarnos y estar felices: dar gracias porque mi padre esté bien.
Sobre un mantel plateado, al que le he añadido este año un camino de mesa de color magenta, están dispuestos los diez servicios. Nada de florituras como hace mi hermana, que por poco si adorna también los platos y los cubiertos con espumillón. ¡Qué le gusta un espumillón! Una copa para el vino, otra para el agua, un plato llano, un plato hondo y sobre este los cubiertos envueltos en una servilleta roja, así de sencillo. Estoy pensando si colocar algún pequeño florero con ramas de acebo que crece en mi jardín. Lo que no puede faltar es la vela roja que enciendo cuando comenzamos a cenar: es la luz de madre.
Me dispongo a subir para ducharme y vestirme para irnos a ver a mis suegros, pero me detengo en el rellano: escucho jaleo en la cocina. Me acerco y veo a Julia y a Pablo alrededor de Fran, con la cabeza agachada mirando algo. El cuchillo jamonero en el suelo junto con un reguero de sangre.
—¿Qué ha pasado? —pregunto asustada conforme me acerco a ellos.
—Papá se ha cortado un dedo —me informa Pablo retirándose con cara de asco de su padre.
La sangre le sale a borbotones de la mano y no se distingue ni siquiera qué dedo es el que ha sufrido el corte. Le agarro la mano y se la meto bajo el grifo. Ha sido el dedo gordo. Tiene un buen corte, algo blanco sobresale por la raja, parece el tendón.
—¿No decías que no habíamos ido aún a ver el nuevo hospital? —le digo a Fran entre risas—. Pues creo que vamos a tener que ir ahora mismo a ver qué tal es. Definitivamente, ¡qué poco me gusta la Navidad!
Continuará...

27 septiembre 2017

Habitación 604. Capítulo 1 (Continuación)



Capítulo 1 
Nada es lo que parece
(Continuación)

.....
Fueron muchos días de agonía en los que íbamos de su médico de cabecera al especialista, de una prueba a otra, todas encaminadas a encontrar ese posible tumor, que ya algunos doctores le ponían abiertamente nombre: cáncer de colon.
Mi padre no opinaba sobre el tema. Tampoco es que le preguntáramos sobre lo que pensara o dejara de pensar. Era como si estuviera ajeno, como si las palabras le entraran por un oído y le salieran por otro. Actuaba como si no le importara en absoluto la gravedad de lo que pudiese tener, y tanto yo como mi hermana nos comportábamos de igual forma: no le dábamos importancia a las palabras, al menos delante de él.  Después, a solas, hablábamos largamente de lo estaba ocurriendo, o simplemente nos mirábamos y con eso era suficiente para sentir el miedo y la impotencia en el rostro de la otra. Sentimientos que ya conocíamos a fondo, y es que el recuerdo de la enfermedad de mi madre estuvo presente desde el primer momento como si de un pájaro de mal agüero estuviera sobrevolando nuestras cabezas. Era algo inevitable.
El jueves pasado le hicieron una segunda colonoscopia. La primera no había resultado «totalmente congruente», según el técnico que la realizó. Mi padre no tardó mucho en quejarse: según él, no es nada agradable. A la prueba en sí, y creo que no hace falta que describa en qué consiste, hay que añadirle el paso previo, es decir, tres días de preparación en los que debe empezar por una dieta blanda, seguir con un día entero en el que solo puede tomar líquidos y finalizar con la ingesta de dos litros de una preparación hecha con agua y unos polvos, a razón de un vaso cada diez o quince minutos. Todo eso si quiere ser sedado para que las posibles molestias se perciban con menos intensidad.

Aquí estamos los dos, en la sala de espera del Área de Digestivo del nuevo Hospital Clínico. En este momento no sabría decir quién está más nervioso de los dos, o mi padre o yo. Aunque creo que si apuesto la cabeza a que soy yo, no la perdería. Intento disimular mirando el móvil, haciendo como que leo relajada las noticias que se suceden en la pantalla. La realidad es que no sé ni lo que hago, mi cabeza está en otro sitio: hoy nos tienen que decir los resultados de la segunda colonoscopia y del examen de heces.
La primera colonoscopia se la tuvieron que hacer a pelo, sin sedar, y todo porque a mi padre se le puso entre ceja y ceja que no pasaba nada si tomaba un poco de caldo de pollo la noche anterior. La segunda vez se lo tomó más en serio, siguiendo al pie de la letra todas las indicaciones de la preparación previa. Lo pudieron sedar, sí, pero sintió todo lo que le hacían porque, según él, la sedación le hizo efecto más tarde. El caso es que aquel día tardó más de la cuenta en salir de la sala de exploración. No le di importancia, permanecí en la sala de espera hasta que me llamaron. Cuando entré, me encontré a mi padre tumbado, con los ojos cerrados y aún con el suero pinchado. Estaba muy mareado y es que según me pudo contar más tarde, comenzaron a hacerle la prueba estando aún despierto.
Pienso en mis hijos. Hoy es el último día lectivo antes de las vacaciones de Navidad. Se han ido a clase ajenos a todo lo que hoy pudiera pasar. Siempre los he mantenido a un lado de los problemas de salud de su abuelo Rafael. ¿Para qué preocuparlos innecesariamente? Creo que son demasiado pequeños, a mi parecer. Claro que para una madre sus hijos son siempre demasiado pequeños.
Julia tiene la mosca detrás de la oreja. Lo sé. Nunca me ha preguntado nada sobre el abuelo, pero su actitud es a veces sospechosa y pienso que ya se va dando cuenta de lo que significan ciertas expresiones, muecas e incluso cambios de semblantes de los adultos. Mi cara es últimamente un poema con mala métrica, difícil de mejorar. Por más ahínco que le pongo en que no se demude ante las noticias y los bajones de ánimo, por mucho maquillaje que le meta, por muchas sonrisas falsas, no logrará engañar a nadie. Me encuentro mal, me encuentro jodidamente mal. No quiero que se vuelva repetir la historia. No quiero pasar por lo mismo dos veces.
Respiro hondo y lo miro. Está a mi lado, aparentemente bien. Acaba de acercarse un hombre más o menos de su edad, cojitranco, con un bastón en la mano derecha. Se saludan. Luego me mira, sonríe y se dirige a mi padre con cierto retintín.
—¡Mira que bien acompañado vas, Rafael!
Mi padre gira la cabeza para observarme. Sabe, igual que yo, y porque otras veces nos ha pasado lo mismo, que su amigo va con segundas.
—Claro, Manuel, con los hijos siempre va uno bien acompañado.
—Ah, ¿es tu hija?
Bueno, esto es ya el colmo. El horno hoy no está para bollos precisamente, pero es que desde hace un tiempo viene calentándose de manera peligrosa, así que termina explotando.
—Pero ¿cómo está usted? —Me dirijo al tal Manuel— ¿Hija, dice? Qué cosas tiene. Pero si soy su abuela —le suelto muy seria—. Hay que estar muy ciego para no verlo.
Al cojitranco se le cambia varias veces el color de la cara, para finalmente permanecer con gesto serio y casi ofendido, lo que me exalta aún más.
—Hay que estar ciego, tener muy poca vergüenza y la mente muy sucia —elevo la voz conforme voy hablando.
—Ya está, María —intenta calmarme mi padre.
—Lo siento, de verás. Yo… no quería ofender —dice el hombre emprendiendo de nuevo la marcha y alejándose de nosotros.
—La próxima vez, antes de hablar piense lo que va a decir —grito.
La sala de espera del Área de Digestivo del hospital es un hervidero de gente. Parece que todo el mundo en Granada se ha puesto de acuerdo para ponerse enfermo de esa parte del organismo. Y todos parecen mirarme. Me da igual. Ya estoy harta de que me confundan con la pareja de mi padre, y no es porque sea mi padre, es porque tiene 75 años, ¡treinta más que yo! Una de dos, o mi padre parece más joven de lo que es, o yo aparento mucha más edad de la tengo. Me observo con disimulo: pantalones vaqueros pitillo, camisa de tirantes de gasa, pelo liso… Prefiero pensar que es lo primero, y si a eso le sumamos que siempre los que lo ponen en duda son hombres mayores, me deja mucho más tranquila. Y es que molesta, por no decir otra palabra, molesta mucho que nos digan que aparentamos más edad de la que tenemos.
—¿Para qué te has puesto así? A esos es mejor dejarlos y ya está.
—Ya te dije que, te gustase o no, a la siguiente persona que me confundiera con tu pareja le iba a caer un buen chaparrón —respiro hondo e intento relajarme—. ¡Estoy harta de los bocazas!
Una voz por megafonía dice el nombre de mi padre seguido del número de consulta.
—Rafael Segura, acaban de decir. Te están llamando, papá. Consulta 2.
Nos levantamos de súbito. Los nervios vuelven a aparecer. Vuelvo a respirar hondo y nos colamos en la consulta 2.
Nada más entrar, el médico de turno, un hombre demasiado joven, se levanta y observa a mi padre con una expresión mezcla de extrañeza y de sorpresa en su mirada, como si estuviese viendo un espécimen nuevo en el universo.
—¡Enhorabuena, caballero! — exclama extendiendo la mano hacia la de mi padre, una sonrisa en la cara.
Mi padre le estrecha la mano en un acto reflejo, sin saber muy bien a qué se debe tal efusividad. Mi reacción, por el contrario es la de lanzar un grito sordo con la boca tapada con la mano y abrir los ojos como si fuera un sapo.
—Es usted un tipo con suerte, Rafael. Nos hemos equivocado en nuestras sospechas y, en este caso, debo decir, que me alegro mucho. Los resultados de las pruebas, sobre todo de la colonoscopia, han arrojado un resultado positivo solo para varices rectales y alguna pequeña hemorroide; algunas de esas varices son muy gruesas y son la causa del sangrado y de la pérdida de sangre, que hay que estudiar si quitarlas o no. Vamos, pero nada grave. Lo realmente importante es que descartamos todo lo relacionado con el cáncer de colon que en su momento sospechábamos.
—Bueno, pues mejor, ¿no? —contesta mi padre.
¿Bueno, pues mejor? ¿Eso es lo único que sabe decir? Definitivamente, estaba ajeno a todo lo que le rondaba, o eso, o se la traía al pairo todo.
Igual que un globo cuando está muy hinchado y lo pinchan, lo mismo me hubiese gustado reaccionar a mí en ese momento, pero me voy desinflando poco a poco, desprendiéndome de mis nervios acumulados durante semanas con calma, como si no tuviera mucha importancia todo aquello de lo que está hablando aquel joven médico que tenemos delante. Es la mejor noticia que podemos recibir y, la verdad, eso me basta.  
Salgo de la consulta más ligera, con la sensación de haber soltado ahí dentro un lastre bastante pesado. Llevo marcada en mi rostro una amplia sonrisa, cuya luz, hasta ahora apagada, está inundando toda aquella sala de espera llena de gente. Entre esa gente, en un rincón, se halla sentado el amigo de mi padre, Manuel, con su bastón apoyado en el suelo y metido entre las piernas, listo para levantarse en cuanto oiga su nombre.
—Espera un momento, papá.
—¿Adónde vas?
—A arreglar algo que creo que he hecho mal.
Me acerco a Manuel, y conforme lo hago, el hombre se va poniendo cada vez más inquieto en su silla. No sabe si mirarme o bajar la cabeza, y si pudiera ya se habría levantado y echado a correr.
—Solo vengo a decirle que siento lo que ha pasado hace un momento, y le pido perdón por las formas—. Y diciendo esto, giro sobre mis talones y comienzo a caminar hacia mi padre, pero enseguida me vuelvo de nuevo hacia Manuel y le digo—: ¿Sabe? Algunas veces... nada es lo que parece.
.....

Continuará...